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Hispania

Alberto Durero: Obra gráfica en el Städel Museum (26 junio - 9 septiembre)

Alberto Durero: Obra gráfica en el Städel Museum  (26 junio - 9 septiembre)

Alberto Durero (Nuremberg, 1471–1528) es considerado el artista más importante del Renacimiento alemán. Su obra refleja una época de cambio a cuyo nuevo concepto del mundo confirió expresión artística. Además logró combinar, como ningún otro de sus contemporáneos, las tradiciones artísticas de la Baja Edad Media del norte de los Alpes con el Renacimiento italiano, caracterizado por un nuevo interés por el arte clásico, y redefinió el papel social y espiritual del artista bajo la influencia del pensamiento humanista. La obra de Durero ha trascendido su época y ha influido en el desarrollo del arte, sobre todo el alemán, hasta bien entrada la época moderna.

La obra gráfica de Durero comprende algo más de cien grabados en plancha de cobre y alrededor de 330 grabados en madera, sin contar los varios cientos de ilustraciones de libros. La Colección del Städel Museum posee casi la totalidad de obra gráfica y la calidad de estampación de los diferentes ejemplares es generalmente excepcional. La exposición muestra una selección de estos valiosos fondos que, en su mayor parte, proceden de la colección del fundador del Museo, el banquero de Frankfurt Johann Friedrich Städel (1728–1816) e incluyendo las principales obras gráficas del artista, proporciona una visión global y representativa de la evolución de Durero como grabador.

Hijo de un orfebre de Nuremberg, Durero aprendió la técnica del grabado en metal en su niñez. Se formó como pintor en el taller de Michael Wolgemut en Nuremberg, que también diseñaba ilustraciones para grabados en madera para libros. Hacia 1495, después de su “viaje de fin de estudios” y su primera visita a Italia, Durero comenzó a hacerse un nombre en el ámbito de los “nuevos medios”, es decir, con las técnicas de grabado en cobre y en madera desarrolladas en el siglo XV. Más que con los dibujos o la pintura, que dependían de sus clientes, Durero pudo desarrollar sus nuevas ideas con los grabados, que creaba según sus propios conceptos y por su cuenta. Estos grabados se estamparon en grandes cantidades y lograron una amplia difusión, por lo que el artista no sólo obtuvo importantes ingresos, sino que también se dio a conocer en toda Europa.

Con grandes series de grabados en madera como El Apocalipsis (ca. 1496–98) y una parte de la Gran Pasión, Durero se convirtió en un artista famoso antes del cambio de siglo, a lo que también contribuyeron sus sensacionales grabados en cobre, con temas completamente nuevos y una técnica que rivalizaba con la pintura. En 1504 publicó el grabado Adán y Eva, en el que, siguiendo el modelo del arte clásico, intentó establecer las proporciones ideales de la figura humana. Los tres “grabados maestros” El caballero, la muerte y el diablo, San Jerónimo en su celda y Melancolía I de 1513–14 constituyen gráficamente el momento de máximo esplendor en la historia de la técnica del grabado en cobre. Después de estas obras maestras del grabado, Durero experimentó con nuevas técnicas gráficas como la punta seca y el aguafuerte y colaboró con otros artistas en grandes proyectos de grabados en madera para su protector y mecenas, el emperador Maximiliano I. En sus últimos años se concentró en sus tratados sobre la comprensión y representación gráfica de la naturaleza y sobre la teoría de las proporciones.

Martin Sonnabend
Comisario de la exposición

Una exposición del Städel Museum en colaboración con el Museo Guggenheim Bilbao

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Ernest Jünger habla del capitán Contreras

Ernest Jünger habla del capitán Contreras

Alonso de Contreras, capitán español de barco y de milicia, que demostró ser -durante la Guerra de los Treinta Años, y al cabo de incontables aventuras por tierra y por mar- un tipo con agallas y un guerrero duro, pertenecía, según Lope de Vega, a esa categoría de hombres con quienes uno se siente obligado a partir la capa. Poseía todos los rasgos característicos de su raza, por los que la circunspección alemana jamás pudo sentirse atraída. Esa sangre meridional es, sin embargo, un magnífico jugo, muy oscuro, y sazonado con un buen chorro de bilis a guisa de azafrán. Se parece al denso, casi negro vino de su país que, a causa de los odres en que se lo conserva, adquiere ese áspero y resinoso sabor al que los paladares extranjeros no se acostumbran fácilmente. La devoción y el valor caballeresco son sus excelentes atributos, el fanatismo y la crueldad los limitan como sombras. Todo ello se muestra decisivamente en el caso de Contreras.

 

¡Cuántos recios muchachos de esa especie deben haber desaparecido sin dejar huella, deben haber mordido el polvo con un tesoro natural de vivos recuerdos! Por ello no podemos sino felicitarnos ante la inusual casualidad que hizo que un Gelmmelshausen, un Commynes, un Cervantes o un Contreras, echasen mano de la pluma para relatar la historia de su tiempo a partir del lugar en que late más cálida e inmediatamente: desde el corazón del guerrero.

 

Es en especial Contreras quien nos descubre algún extraño rincón del mundo y la visión de unas luchas que se hallan más bien lejos de las cosas que nos son habituales. Porque si es verdad que con trece años parte como mozo de cocina a Flandes, donde se cuentan tantos campos de batalla como pueblos, pronto nos lo encontraremos en el sur de Italia, desde cuyos puertos sale a participar en numerosas singladuras de guerra y de corso, contra el turco y contra el moro, para desempeñar ya en años muy mozos, como capitán de barcos de la Orden de Malta y de los del virrey de Nápoles, parejas su fortuna y su valor, un papel temido en todos los puertos paganos del Levante.

 

En animada sucesión lo hallamos luego de alférez en etapas por España y Portugal, por Flandes y por Francia y por Italia, de caballero en la isla de Malta, y en Sicilia de esposo desventurado que cobra con la espada la común infidelidad de su mujer y su amigo, pues que en resumidas cuentas -y de acuerdo con una piadosa tradición- a él le asedian menos remordimientos de conciencia por cometer un homicidio que por el pecado de quebrar el ayuno los viernes. En La Mahometana, en la costa de Berbería, es uno de los pocos que se libra de la matanza que organizan entre los desembarcados en la playa los moros que surgen repentinamente de sus escondrijos, y llega de vuelta a las galeras cuando el peso de su armadura casi lo hace ahogarse. Es izado a bordo por un cómitre que le había prestado su jacerina y que no quería perder tan buena prenda. En España se compra un sayal, unos libros de penitencia y una calavera, para vivir luengos meses como penitente y ermitaño en una solitaria región montañosa; luego vuelve a aparecer de capitán en un extraño proceso en Cádiz, navega como capitán de barco a las Indias para hacer la guerra naval en las costas de Cuba y Santo Domingo contra el filibustero inglés Guatarral, gana algunas escaramuzas, lo nombran gobernador de la pequeña isla siciliana de Pantanalca.

 

Después de una estancia en Roma, donde el papa le favorece, ganado por su viril personalidad, recibe del virrey de Nápoles una patente como capitán de caballos de coraza..., pero nos llevaría muy lejos seguir la plétora de acontecimientos, aunque sólo fuese un esbozo. El propio Contreras sólo nos da un sucinto extracto, y de vez en cuando, en oraciones subordinadas aflojadas como al descuido, da a entender al lector que aquello que no fue mencionado es lo que abarca la parte más considerable de su vida. Además, las anotaciones se interrumpen de pronto en el año de 1633: es probable que fueran sustituidas de nuevo, ellas, que debieron su nacimiento a un breve período de calma, por la más enérgica escritura de la espada. Vertidas a un buen alemán por Otto Fischer, aparecieron en el año 1924 en la editorial Propyläen. Hay que leerlas: quizá algunas pequeñas anécdotas despierten el apetito.

 

 Así, por ejemplo, en sus primeras aventuras, una de las cuales se desarrolla entre la captura de un galeón maltés y la de un caramuzal turco en un pinar cerca del cabo Silidonia, Contreras participa siendo aún un diminuto mozalbete. Completamente solo, topa en el pinar grande con un turco gigantesco, a quien sin más le ordena arrojarse al suelo como prisionero. Al mirarlo, el turco se ríe a carcajadas: Bremaneur casaca cocomiz, que quiere decir: "Putillo que te hiede el culo como a un perro muerto". Contreras, enfurecido, se arroja contra él, detiene un terrible lanzazo y consigue dar a su adversario una buena estocada en el pecho. Una bandera, mil quinientos ducados, y cien ducados de gratificación por el prisionero, a quien aguarda la esclavitud, le corresponden como botín de guerra.

 

 Éste, como todos los botines que gana más tarde o más temprano, lo dilapida en alegre compañía, exceptuando lo que se reserva para obras pías. Esta parte no es menospreciable: así, por ejemplo, algún tiempo después manda construir una iglesia en su isla. Los taberneros y las mozas sacaban buena tajada si no escatimaban humor y celo, de lo contrario les hacía darse cuenta de que con él era mejor estar a partir un piñón. Por ejemplo: el dueño de una hostería en Palermo, que no aguanta una broma, cae apuñalado durante una gran borrachera; a golpes de espada sigue la cuestión con cocineros y criados, quienes a su vez carga con asadores y cuchillos de cocina. En el curso de una francachela parecida, en Nápoles, caen sobre las botas de vino, las cuales, acuchilladas, derraman su contenido como fuentes. Afuera se oye una voz socarrona: "No se quejará más el bujarrón, le he enviado a cenar al infierno". Uno de los camaradas se desploma derribado por un tiesto que le arrojan desde arriba, a otro le pasan la muñeca de un alabardazo de los de la ronda italiana, el tumulto se extiende hasta que llega el cuerpo de guardia principal de los españoles, con alabardas y arcabuces, para poner fin. A Contreras lo engaña su moza, se le sube la sangre, agarra su daga para dejarle un recuerdo en el rostro, pero como ella, previendo lo que le espera, esconde su cabeza entre las piernas, él le marca dos buenos chirlos en las asentaderas, como en un melón maduro.

 Durante el mismo viaje en el que vence a un turco como un filisteo, descubren un bajel tripulado por cuatrocientos turcos, y que además viene artillado. El capitán, un matasiete, hace enclavar los escotillones para la tripulación en cubierta, de suerte que era menester pelear o saltar a la mar. Entonces comienza un baile en el que suceden las más milagrosas peripecias. Así, por ejemplo, a un artillero holandés los turcos le aciertan en medio de la cabeza, haciéndosela añicos. Un hueso grande le da a un vecino del artillero, que de nacimiento tenía tuertas las narices, con tan buena fortuna que se las deja derechas y naturales. A otro, adolorido desde hace mucho por una enfermedad insoportable, una bala de artillería le raspa las nalgas con el notable resultado de que el así raspado se siente curado desde esa hora, y declara que el aire de una bala es la más provechosa medicina del mundo.

 

 Educado en una ruda escuela, Contreras es, en años posteriores, un jefe que sabe asegurarse el respeto en cualquier situación. Así, por ejemplo, al comienzo de su aventura por las Indias se trama un motín entre su tripulación. Cuando una noche, como de costumbre, quiere enviarla abajo, a sus ranchos, un mozallón bastante insolente le grita: "Aquiétese su ánima". Sin gastar tiempo en palabras, Contreras saca su espada y le parte el cráneo de una sola cuchillada. Al punto desaparecen los descontentos. Al cabo de algún tiempo le comunican que el interfecto está muriéndose: "Confiésenlo y échenlo al mar". A partir de ahí su gente se vuelve más suave que un guante: a quien arriesga, aunque sólo sea una leve maldición, le hacía estar de pie una hora con un morrión que pesaba treinta libras y un peto del mismo peso, de modo que "aún echar, ¡voto a Dios!, no se echó en todo el viaje".

 

 A pesar de su rudeza, Contreras es un tipo formidable. Lope de Vega le dedica su comedia El rey sin reino, alusión a una de las aventuras que tuvo con los moriscos. A la altura de sus movidos y peligrosos tiempos, y dominando sus medios, ofrece la imagen de un caballero de fortuna que sabe desenvolverse por el mundo y que en todos sus salvajes actos no transgrede nunca, sin embargo, las leyes de la fidelidad, el honor y la camaradería. Ofuscado ayer por la gritería borracha de las tabernas y arrojando a manos llenas las monedas de oro, corona hoy el primero la muralla calcinante por el sol de una fortaleza solitaria en la Berbería o le arrebata una fragata al rey de Túnez, para hacerse mañana amigos y valedores, en charlas confidenciales, entre los príncipes de la sangre y los de la Iglesia. Sabedor de lo que vale, se reconoce pecador, pero está al propio tiempo convencido de que a hombres como él los protege una gracia especial. Así vive su abigarrada vida, sin coerción, acorde con su naturaleza interior, y nos hace participar en ella.

Publicado en los tercios españoles

Cartagena: Monumento a los tripulantes de las galeras

Cartagena: Monumento a los tripulantes de las galeras

Uno de los monumentos más desconocidos para los cartageneros, por no decir el que más, es el que se yergue en el Carenero de Galeras de la Empresa NAVANTIA, (que como es sabido hasta hace poco fue de manera efímera IZAR, pero que en Cartagena seguirá siendo “la Bazán”, con su artículo determinado incluido), en uno de los vértices del mismo, junto a la plataforma existente para subir los buques y ponerlos en seco.

El citado monumento, situado sobre un pequeño promontorio para hacerlo más visible, representa la proa de un barco con tres remos a cada banda. Está construido en hormigón y recubierto de placas de granito, estando rematado por un mástil donde en ocasiones se ha izado la Bandera de la factoría con motivo de alguna visita importante. Todo el conjunto artístico de la obra, se completa con un par de esculturas de bronce fundido en su parte frontal, así como unos medallones situados a los lados, que también lo son de bronce fundido. Tanto las figuras como los medallones tienen un tamaño considerable. Según se mira el monumento de frente, donde se aprecia la forma de la proa, tenemos a la izquierda, en lo que sería la banda de estribor del supuesto navío representado, la figura de un soldado de galeras con un estandarte en su mano y a la derecha, en la supuesta banda de babor, un remero de los que servían en aquellos legendarios buques que tuvieron base en Cartagena. A la derecha del bloque de obra, un gran medallón representa a dos personajes, también en bronce, junto a los nombres de los buques en que sirvieron, como son don Miguel de Cervantes, el inmortal escritor, que lo hizo en la galera Marquesa y don Francisco García Roldán, el fundador del Santo y Real Hospital de Caridad, que hizo lo propio en la galera San Miguel. Bajo el medallón, de importantes medidas, una inscripción de granito refleja los nombres de estos dos personajes y los barcos citados, mientras en la parte izquierda del monumento otro medallón similar representa a don Álvaro de Bazán, el invicto almirante cuyo nombre ostenta la primera de la nueva serie de fragatas de la Armada española, junto al nombre de su buque, galera Loba, así como a don Juan de Austria, otro español no menos ilustre, igualmente junto con el nombre de su barco, la galera Real.

Aparte de las citadas esculturas, existen en el mismo dos placas de bronce de grandes dimensiones, en las que figuran sendas inscripciones: Así, en la de la parte frontal puede leerse LA EMPRESA NACIONAL BAZÁN, DEDICA ESTE RESPETUOSO RECUERDO A LAS DOTACIONES DE LAS GALERAS QUE DE CARTAGENA SALIERON A TÚNEZ, MALTA, LEPANTO, ORÁN, ARGEL Y LA GOLETA, mientras que en la parte posterior, junto al escudo también en bronce de la desaparecida Empresa Nacional Bazán, otra placa del mismo formato y tamaño que la citada lleva la siguiente inscripción: EN MAYO DE 1977 ENTRÓ EN SERVICIO ESTE CARENERO, CONSTRUIDO EN EL ANTIGUO ESPALMADOR CHICO DE LA ESCUADRA DE GALERAS DE ESPAÑA, QUE AQUÍ TUVO SU ESTACIÓN DESDE 1567 A 1748.

Todo el conjunto, de gran calidad artística, se inauguró el 25 de abril de 1977, que fue el día en que entró en servicio el carenero de Galeras y se debe al buen hacer de un escultor madrileño, concretamente de Arganda del Rey, que por aquellos años ejercía la docencia en un instituto de Murcia, Miguel Ángel Casañ. Este escultor, desconocido hasta entonces en nuestra ciudad, habría de intervenir posteriormente en otra obra, ésta sí mucho más popular, como fue la remodelación del monumento a los Héroes de Santiago de Cuba y Cavite, cuyos grupos escultóricos eran en principio de piedra y su deterioro aconsejó, con buen criterio, sustituirlos por otros idénticos de bronce fundido.

Hoy día, este monumento se encuentra algo deteriorado por la erosión del tiempo y la acción del mar y los vientos, ya que se encuentra a escasos diez metros de la orilla y aunque las figuras no precisan ser reparadas, sí debería ser remozado, ya que algunas placas de granito de las que forman el forro, se han desprendido. Nos consta que incluso su existencia posiblemente sea desconocida para los amantes de las cosas de Cartagena, de ahí que hayamos querido hacer esta pequeña reseña, de modo que si con ello se lo hemos descubierto a uno solo de los cartageneros, ya nos daríamos por satisfechos.

Autor: Diego Quevedo Carmona. Extraido de la web: Cartagena Antigua

Alvaro de Maortua: La Leyenda Negra antiespañola

Alvaro de Maortua:  La Leyenda Negra antiespañola

La "leyenda negra" es a la vez anticatólica y antiespañola. Se generó y se desarrolló en Inglaterra y Francia; primera y principalmente en Inglaterra, en el curso de la lucha entre España y la Inglaterra de los Tudor. El antihispanismo llegó a ser parte integral del pensamiento inglés. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia española, y difundieron por Europa la idea de que España era la sede de la ignorancia y el fanatismo, incapaz de ocupar un puesto en el concierto de las naciones modernas. Tal idea se generalizó por la Europa secularizada y petulante del oscurantismo «ilustrado» y enciclopedista, señalando a la Iglesia como causa principal de semejante «degradación» cultural española.  

Esta idea se difundió después por todo al ámbito anglosajón y naturalmente entre los yanquis. El buen historiador norteamericano William S. Maltby, entre algunos otros, en su bien documentado libro titulado La leyenda Negra en Inglaterra (1982), dice esto: "Como muchos otros norteamericanos, yo había absorbido antihispanismo en películas y literaturas populares mucho antes de que este prejuicio fuese contrastado desde un punto de vista distinto en las obras de historiadores serios, lo cual fue para mi toda una sorpresa; y cuando llegué a conocer las obras de los hispanistas, mi curiosidad no tuvo límites. Los hispanistas han atribuido desde hace mucho tiempo este prejuicio y sentimiento mundial antiespañol, a las tergiversaciones de los hechos históricos cometidas por los enemigos de España".  

Según muchos hispanistas, las raíces del antihispanismo deben buscarse en documentos del siglo XVI, como la apología de Guillermo de Orange y otros muchos que constituyen lo que Juderías llamó «la tradición protestante», y que pintan a España como cruel opresora cuyo enorme poderío estaba al servicio de la causa de la ignorancia y la superstición.  

Los cínicos agentes panfletistas de la «leyenda negra» -cínicos por cuanto acusan a España de vilezas y crímenes que sólo ellos cometieron- y sus respectivos pueblos que asimilaron borreguilmente el fanatismo antiespañol, en particular el mundo anglosajón, no sólo tergiversaron la Historia española y la grandeza de la empresa española en América, sino que a la vez silenciaron sus sistemas coloniales que del siglo XVII al XIX exterminaron casi por completo a los aborígenes de Norteamérica y sometieron a tantos pueblos africanos, asiáticos y oceánicos a una casi total esclavitud. Silencian la permanencia actual de las razas aborígenes en los países colonizados por España, así como el intenso mestizaje que desmiente toda mentalidad racista. Y también naturalmente silencian que las intervenciones pontificias en defensa de los indígenas, obedecieron a peticiones de la Corona española que, ya con anterioridad, había dictado normas humanitarias como esa gloria jurídica de España que son las leyes de Indias y el Derecho de gentes.  

Hay ahora una caterva de pseudointelectuales dóciles a las viles corrientes ideológicas que hoy se venden, que con motivo de a la conmemoración del V Centenario de América han querido generar una extraña sensación de mala conciencia, de recuerdo molesto, como de historia vergonzante. Intención más torcida aún, es la que pretende borrar cualquier huella de Dios en este muy noble y bellísimo acontecimiento realizado por los españoles. Algunos conminan a España para que pida perdón y devuelva lo robado... A esta altura del tiempo, es de lamentar que el documento emitido por la Comisión «Justicia et Pax» el mes de noviembre de 1988, titulado la iglesia ante el racismo, en su punto 3, da lugar a interpretar que España inventó el racismo en la gran empresa americana. ¡También yerra y peca el alto clero!. Este burdo error pudiera contribuir a crear un falso problema de conciencia o un injusto y absurdo sentimiento de culpabilidad en la mente de muchas personas de lengua española, que son la mitad de la gente católica del Orbe, si no fuera porque el mismo vicepresidente de la citada Comisión Pontificia, Monseñor Jorge Mejía, hizo pública rectificación el 31 de marzo en Pamplona, y porque todos los Papas han tenido menciones muy honoríficas para la singular acción evangelizadora y civilizadora de España en el mundo. Nuestro Papa actual Juan Pablo II ha insistido muy reiteradamente en esta hermosa realidad; y en su visita a España en Santiago de Compostela el 19 de agosto de 1989, ha destacado con gran amor y claridad la enorme proyección espiritual y cultural positiva del Concilio III de Toledo, y entre otras cosas dijo: «En más de una ocasión he tenido la oportunidad de reconocer la gesta misionera sin par de España en el Nuevo Mundo». Y en su despedida en Covadonga dijo: «agradecemos a la Divina Providencia, a través del corazón de la Madre de Covadonga, por este gran bien de la identidad española, de la fidelidad de este gran bien de la identidad española, de la fidelidad de este gran pueblo a su misión. Deseamos para vosotros, queridos hijos e hijas de esta gran Madre, para España entera, una perseverancia en esta misión que la Providencia os ha confiado».  

En los procesos colonizadores realizados por las potencias de Occidente, allí donde estuvo presente la Iglesia no hubo racismo. Este es el caso de España y de Hispanoamérica. Donde estuvo presente el mundo protestante hubo racismo y exterminio de los aborígenes.  

Cabe otra consideración sobre «leyenda negra» altamente significativa. Esta. Sólo España tiene leyenda negra y no la tiene, en cambio, ninguna nación del ámbito protestante; ¿por qué? Sólo existe una posible respuesta. La importancia española en el mundo llegó a ser enorme durante los siglos XVI al XVIII. Su influencia cultural, política y militar fue universal y benéfica para el Orbe porque todas sus acciones estuvieron inspiradas y movidas por la doctrina y el espíritu católico. Pero después triunfó la herejía y el error en gran parte del mundo económicamente fuerte de Occidente, con su espíritu protestante y racionalista. Y fue naturalmente este mundo triunfante del error y del antihumanismo el autor del prejuicio mundial, injusto e inicuo que se llama «leyenda negra» y que es sólo y a la vez anticatólica y antiespañola. No existe en cambio leyenda negra enemiga de las potencias protestantes. Este hecho tiene una significación decisiva para cualquier mente honrada que pretenda valorar con justicia los hechos históricos de las naciones.  
  
No existiría «leyenda negra» si España no hubiera sido tan importante en el mundo, o si hubiera traicionado a la Verdad como lo hicieron las demás potencias, en lugar de servirla heroicamente como España lo hizo.  

* * *  

La revolución protestante y racionalista, además de proclamar la destrucción de la Iglesia, a la que profesaban un odio creciente, se mostraban como enemigos radicales del orden establecido. El espíritu de la reforma protestante se transmitió después a los poderes públicos, que Lutero expresó con la conocida frase de «cuius regio eius religio». Con lo que no antepuso la religión al Estado sino a la inversa, y reconoció a los príncipes derecho a imponer la creencia a sus súbditos. La ruptura se hizo definitiva e irremediable; y con la paz de Westfalia, en 1648, el bando protestante logró la victoria sobre casi todo el ámbito del centro y norte de Europa, quedando a salvo España y la mayor parte del mundo latino.  

Muchos historiadores contemporáneos sitúan en la revolución protestante la grave crisis que padece el hombre «moderno» en su conciencia histórica, así como sus mil nefastas secuelas en las diversas formas de materialismo que hoy el mundo padece de manera evidente y trágica. Y como fueron vencedores, escribieron durante mucho tiempo la historia volcando su tremenda carga de prejuicios y de odios con mentiras y calumnias que en muchos casos llegan a lo fantasmagórico. La diana de todos sus ejercicios de tiro fue, en primer lugar, la Iglesia católica. Y también la historia de España, es decir, España misma, por haber sido la campeona generosa y heroica de la causa católica durante siglos. 

El protestantismo separó lo espiritual de lo temporal. Ha llegado la teología protestante a separar del todo la fe de la historia. Lo natural, afirmó, ha perdido su sentido por el pecado. Con la Redención no hay verdadera curación y elevación del hombre. Tampoco puede haber Iglesia como sociedad visible. Si la actividad humana no es elevada desde dentro por la gracia que cura y eleva al hombre, el Evangelio queda ajeno a la vida civil. Tal es la clave del pesimismo protestante y de su mundo triste y aberrante.

 

Para la mentalidad protestante, que hace caminar el espíritu por distinto rumbo que el dominio de la naturaleza, no es posible entender la obra de «evangelizar civilizando y civilizar evangelizando» como hizo España en América. Fue justamente en el ambiente protestante donde se generó la llamada «leyenda negra», que marcó durante un tiempo no pocos estudios historiográficos, concentró prevalentemente la atención sobre aspectos de violencia y explotación que se dieron en la sociedad civil durante la fase sucesiva al Descubrimiento. «Prejuicios políticos, ideológicos y aun religiosos, han querido también presentar sólo negativamente la historia de la Iglesia en este continente» (Juan Pablo II en Santo Domingo).

 

La «leyenda negra», con una valoración de los hechos no iluminada por la fe, ha dejado un ambiente de absurdo sentimiento de culpa en algunos españoles, que se manifiesta en un querer desvirtuar la grandiosa empresa en sus motivos esenciales de evangelización y civilización, en la pérdida de la perspectiva general de la obra, con la consiguiente trivialización de los méritos individuales y colectivos, y en la falta de valoración de la hondura y anchura de las conversiones. Querría esto decir que no se ha captado lo que es Hispanoamérica. Por disposición de la Providencia divina los pueblos que fueron conquistados, al convertirse a la fe y recibir la cultura cristiana en lengua de Castilla, no se conservaron como tales pueblos primitivos, sino que dieron lugar a la nación hispanoamericana, que es heredera de ellos tanto como lo es de España. 

 

 Para esta empresa ha tenido Juan Pablo II el más reciente aliento, en ese «¡Gracias España!, porque la parcela más numerosa de la Iglesia de hoy, cuando se dirige a Dios, lo hace en español». Y entre las mil cosas grandes, dio vida a las Universidades más antiguas del Continente americano. 

 

Casi todos los Papas han hecho en algún momento un gran elogio de la gran epopeya y de la gloriosa misión realizada por España en América. Pío XII fue el más infatigable debelador de las calumnias que arrojara España el mito de la «leyenda negra». De su pluma salieron 129 textos acerca del «espíritu universal y católico de la gran epopeya misionera (...). La epopeya gigante con que España rompió los viejos límites del mundo conocido, descubrió un continente nuevo y le evangelizó para Cristo». Se ha dicho que la calumnia entra como ingrediente necesario en toda gloria verdadera. Y él mismo fue uno de los Pontífices más calumniados de la Historia.  

No menos sectarios y falsos son los juicios que la historiografía protestante, marxista y masónica ha hecho con frecuencia sobre la Inquisición española. 

 

La Inquisición medieval fue creada por Gregorio IX en 1231, con motivo de las primeras grandes herejías que vinieron a turbar la paz religiosa de la Cristiandad. El Derecho entonces vigente contenía leyes severísimas contra los herejes. En 1220 el emperador Federico II promulgó una ley declarando que la herejía debía considerarse como delito de lesa majestad, lo que significaba el más grave crimen político que en todos los códigos vigentes se castigaba con la muerte en la hoguera.  

-"El Papa se asustó, porque si la autoridad secular tenía en sus manos la declaración de tal delito, no sólo se habría producido una intrusión del Estado en las funciones de la Iglesia, sino que los monarcas podrían acusar a sus enemigos, falsamente, de desviaciones en la fe, convirtiendo así la disidencia política en asunto religioso. Un canon aprobado en 1215 por el IV Concilio de Letrán ordenaba a los obispos entregar a los herejes convictos y no arrepentidos al "brazo secular". El papa no tenía facultad para modificar el canon de Letrán, ni tenía potestad para impedir que el emperador promulgase leyes extremando el rigor del castigo contra los herejes. Decidió, interpretando correctamente el texto conciliar, que las autoridades laicas, en uso de su "potestas", estaban en condiciones de castigar a los herejes, pero retiró a los obispos la directa responsabilidad de declarar el delito. Cuando se declarase la herejía o la existencia de herejes, el obispo del lugar, y sólo el obispo, debería nombrar un tribunal, compuesto exclusivamente por dominicos, el cual se encargaría de "inquirir", esto es, comprobar si efectivamente existía el mencionado delito. De esta palabra, que designaba un procedimiento u oficio, nació el nombre de Inquisición. Los tribunales inquisitoriales usaron procedimientos acordes con las costumbres del tiempo, y contra lo que se ha dicho, fueron mucho más benignos y humanos que los tribunales civiles de su tiempo. La Inquisición no era un tribunal ni un organismo sino tan sólo un procedimiento que debía seguirse en los casos de sospecha de herejía. Lógicamente despertó, en siglos posteriores, gran animadversión cuando la herejía, triunfante, retrotrajo sus protestas: de ahí que nunca se haya planteado la cuestión de manera correcta.  

En los reinos de Castilla, Portugal e Inglaterra, la Inquisición medieval no fue establecida por el escaso interés que tenían los reyes. Pasados los primeros decenios de rigor, la Inquisición medieval se convirtió en una mera rutina y perdió importancia. Por eso los reyes de España, Fernando e Isabel, instauraron una Inquisición "nueva", con tribunales designados por la Corona aunque estuviesen compuestos por eclesiásticos.   

Como al final sería la reforma protestante la vencedora en gran parte de Europa, se ha dado la impresión de que sólo la Inquisición española se ocupaba de estos menesteres: pero los investigadores más concienzudos y recientes piensan que el procedimiento inquisitorial era mucho menos riguroso y cruel que los tribunales aparentemente civiles que funcionaban en otras partes" (LUIS SUAREZ FERNANDEZ, Raíces cristianas de Europa, págs. 101 y ss.).  

La Inquisición española salvó muchas vidas de judíos españoles de las matanzas de que éstos eran objeto en su tiempo. Fueron cortadas de raíz las luchas sangrientas entre "cristianos viejos" y conversos o «cristianos nuevos», con lo que se ahorraron vidas humanas. El poder inquisitorial sólo se extendía a los bautizados y nada podía contra los judíos que conservaban públicamente su religión. Fue el más humano de los tribunales de su época y evitó las luchas religiosas, no la existencia en España de otras religiones. Es de tener también presente que el más rico y asombroso despliegue doctrinal y literario que se conoce en la Historia -el Siglo de Oro español, o la Edad de Oro como la llama Menéndez Pelayo porque duró casi dos siglos- coincidió con la existencia de la Inquisición, la cual no supuso ningún freno para el genio creador español. En muchos aspectos esenciales la Inquisición significó un auténtico progreso social.  

En indudable que la Inquisición eclesiástica cometió abusos en todo el mundo y, sobre todo, que provocó un clima de suspicacias que hizo sufrir a muchos inocentes, incluso a santos canonizados luego por la Iglesia. Pero es imposible formular un juicio que pretenda ser mínimamente equitativo, si no se acierta a entender lo que significaba la defensa de la fe, en una sociedad donde la verdad religiosa se tenía por supremo valor. No olvidemos que en Ginebra - La Meca de Protestantismo-, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera a ilustre descubridor de la circulación de la sangre, nuestro compatriota Miguel Servet. Y es que la Verdad cristiana, salvadora del hombre, se tenía entonces por el máximo bien; y la herejía, que podía perder a los hombres y a los pueblos, como el peor de los crímenes. Esto le cuesta comprenderlo al «hombre moderno», a quien no chocará en cambio que la protección de la salud sea actualmente preocupación primordial de la autoridad pública y justifique no pocas molestias y restricciones. Pues el hombre religioso europeo puso en la lucha contra la herejía el mismo apasionado interés que el «hombre moderno» pone en la lucha contra el cáncer, la contaminación, o en la defensa de la salud física o la democracia. Y esto, a la vez que asesina a millones de seres humanos inocentes no nacidos.   

Las investigaciones verdaderamente científicas y cada vez más decantadas de españoles y extranjeros, se pronuncian hoy con veredicto unánime y favorable a la labor positiva y magnánima de España en el mundo, a la vez que se apagan con las luces puras de la verdad, los últimos vestigios del mito de la «leyenda negra» antiespañola, que fue alimentada durante mucho tiempo por la mentira y el odio.

 

Publicado en Tercios Españoles

Almogàvers

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Tomás Bobes: El Caudillo de Los Llanos

Tomás Bobes: El Caudillo de Los Llanos

Texto recogido en la red, no conocemos su procedencia 

Amarga era la queja, que según la «Hemeroteca» de este diario recoge,
veinticinco años ha Manuel Avello publicaba con ocasión de cumplirse de modo
inminente el segundo centenario del caudillo de los llanos venezolanos, y el
amargo olvido con el que el pueblo ovetense obsequiaba a uno de nuestros
paisanos más trascendentes. Siempre mantuvo el cronista, que frente a la
estatua bolivariana que Madrid le dedicó en el Parque del Oeste, Oviedo sólo
había tenido para el guerrero incansable una mísera placa en la calle que
ostenta su nombre, algo que no ha variado hasta la actualidad, por mucho que
algunos nos hallamos empeñado.

José Tomás Rodríguez y de la Iglesia, nació en la capital de Asturias, en el
ovetense barrio del Postigo. Bautizado con este nombre y así registrado por
el correspondiente párroco, utilizaría el apellido Bobes -el segundo de su
padre- que le acompañaría y lo distinguiría el resto de su vida. Con una
infancia difícil, en la que pronto queda huérfano de su progenitor, su madre
se ve obligada a desplazarse a la vecina villa de Gijón, donde podría
encontrar trabajo. Sería una decisión vital para Tomás Bobes, pues entraría
en el instituto recién creado por Jovellanos, donde podrá seguir unos
estudios considerados de privilegio para aquellos tiempos. No era pues Bobes
el inculto, el rústico y el bárbaro asturiano que más tarde desde el otro
lado del océano se empeñarían en hacernos llegar.
No era tampoco de los estudiantes más aventajados, pero realiza con holgura
los estudios de Náutica que allí se imparten. Revalidaría su título en
Ferrol, donde obtiene el certificado que le habilita como segundo piloto en
la Marina mercante. Debió para él ser algo cotidiano la travesía de océano
Atlántico, pues se enroló en el bergantín «Ligero» que hacía la ruta a
Venezuela regularmente. Allí avistaría por primera vez las costas
venezolanas, país que luego sería su segunda patria y lugar de descanso para
sus restos. Hasta aquí nada había sido un camino de rosas, pero parece ser
que sus primeros pasos discurrieron según los planes previstos. Tendría que
venir de la mano de la hostil Inglaterra el primer revés para el marino
asturiano. Como ésta pretendía monopolizar el comercio entre Caracas y las
Antillas en cuanto a carnes, pieles y ganado se refiere, los navíos
españoles desafiaban estas restricciones, que fueron burladas en más de
alguna ocasión. Seguro que Bobes estaba entre los pilotos que así lo hacían,
lo que sirvió para que, una vez denunciado, las autoridades españolas lo
desterrasen a un poblado de los llanos venezolanos conocido como Calabozo.
La reclusión en una localidad con este nombre no deja de tener sus visos
irónicos, pero esto no va a arredrar su ánimo, y se instala dedicándose al
comercio y a la cría de ganado.

Había sido un error este destierro, pero un segundo error vino a sumarse al
primero, haciendo más fácil los hechos históricos que vendrían más tarde.
Calabozo está situada en la cabecera de los inmensos páramos de pastos y
vegetación que son las llanuras venezolanas. Donde prospera salvaje y bravío
el ganado vacuno y donde pastan los caballos cimarrones a miles. Allí se
convirtió el marino en jinete, y de jinete pasó a centauro legendario. Y
allí, también, estrecharía lazos con los habitantes de una tierra primitiva,
en la que el caballo y la lanza son las únicas garantías de supervivencia. Y
tercer error, allí podría conocer y entablar estrechos vínculos de amistad y
respeto con los más desfavorecidos de aquellas tierras: los pardos, los
zambos, los indios y los negros. Sus futuras huestes.
Un oficial independentista, comisionado por «El Libertador» Bolívar, llega a
la población en busca de hombres, caballos y fondos. Finaliza 1812, y aquel
insurgente llamado Juan Escalona mide mal sus acciones. Bobes se les
resiste, y es encarcelado, vejado golpeado y además expoliado de todos sus
bienes. Lo que no se pueden llevar es incendiado injustamente. El «canalla
de Escalona», como lo denominaba Bolívar, no lo sabe, pero acaba de provocar
una guerra a muerte en los llanos con funestas consecuencias para sus
propósitos. Ayudado por un indio amigo, Reyes Vargas, Bobes obtiene la
libertad y recluta un ejército que será el terror de los independentistas en
los dos años venideros.

Las campañas del asturiano al frente de sus lanceros dan sobradamente para
más de un libro. Lugares como el mismo Calabozo, Santa Catalina,
Mosquiteros, La Puerta y otros son testigos de la furia llanera comandada
por el asturiano. Ciudades como Barcelona o la misma Caracas caerán ante el
vendaval desatado y la propia e incipiente República será barrida de la
realidad. Así, día a día, confrontación tras confrontación, se forjó el mito
y se hizo real lo imposible: contener la que parecía inminente independencia
de Venezuela. Bobes con el grado de coronel es ya comandante general del
Ejército de Barlovento. Es ya también el caudillo acusado de tropelías,
crímenes y atrocidades que no tienen nombre. Pero algunos se olvidan de que
sólo llevó a la práctica lo que las tropas bolivarianas habían postulado,
«la guerra a muerte» que su seguidor Briceño proclamara a los cuatro
vientos. Aquí bien se puede afirmar que él no empezó primero. Cayó en
diciembre de 1814 en un oscuro lugar llamado Urica, cuando cargaba en
primera línea contra las diezmadas tropas enemigas que huían en desbandada.
Un lanzazo en el costado fue suficiente para acabar con el caudillo llanero.
Aquí no hemos acabado con él, pero el recuerdo de tan grande gesta sigue
siendo tan escaso como el que hacía lamentarse a Avello hace veinticinco
años.

Autor: Gerardo Lombardero

Cine: Alatriste

La Cruz de Borgoña

La Cruz de Borgoña

La Cruz de Borgoña es una representación de la Cruz de San Andrés en la que los troncos que forman la cruz aparecen con sus nudos en los lugares donde se cortaron las ramas. Este emblema ha sido incluido en los escudos de armas y en las banderas de España, tanto de tierra como de mar, desde 1506 hasta nuestros días, donde todavía es un elemento importante en el Escudo de Armas del Rey de España, y en su guión. También es el origen del símbolo distintivo que marca las colas de los aviones del Ejército del Aire español.

Fue el rey Felipe I el Hermoso quien, en 1506, tras contraer matrimonio con la reina Juana I de Castilla, introdujo el signo distintivo de la casa de su madre, María de Borgoña, ya que San Andrés es el patrón de Borgoña. Como símbolo vexilológico, ha sido el más utilizado hasta 1785 en las banderas españolas. Posteriormente a 1785, la versión de aspa roja sobre fondo blanco sería también la bandera adoptada por el movimiento carlista tras rebelarse contra Isabel II en el siglo XIX. En tierra, esta bandera, blanca con la cruz de Borgoña en rojo, ondeó quizá por primera vez en la batalla de Pavía, y es la más característica de las utilizadas por las tropas de Infantería española durante los siglos XVI y XVII. Desde Carlos I, cada compañía tiene su propia bandera, en la que la cruz figuraba sobre fondos de muy diversa forma y colorido (en los que a veces se incluían jeroglíficos o motivos heráldicos del oficial al mando). Al acceder al trono Felipe II, ordenó que, además de las banderas de cada compañía, cada Tercio llevase otra en cabeza de color amarillo con las aspas de Borgoña en rojo. A pesar de esta variedad, el color blanco fue el más utilizado como paño de fondo, sobre todo en las banderas coronelas. A este respecto, un decreto de Felipe V dado a 28 de febrero de 1707 decía: "Y es mi voluntad que cada cuerpo traiga una bandera coronela blanca con la cruz de Borgoña, según estilo de mis tropas, a que he mandado añadir dos castillos y dos leones, repartidos en cuatro blancos, y cuatro coronas que cierran las puntas de las aspas ".

En la mar, las banderas con las aspas de Borgoña ha sido utilizadas como Torrotito, y como pabellones de la Armada y de la Marina mercante.

Extraido de Wikipedia

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